Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber cómo termina, y te aseguro que el desenlace te conmoverá hasta las lágrimas.
A veces, el destino no se elige, se arrebata con los puños cerrados y el corazón latiendo a mil por hora.
Julián sentía el frío del suelo de cemento traspasando la tela gastada de sus pantalones, mientras las risas de los hombres a su alrededor resonaban como hienas en la oscuridad del almacén.
Frente a él, «El Cuervo», un hombre cuya alma parecía estar hecha de la misma piedra que las paredes del lugar, sostenía aquel maletín entreabierto.
El brillo de los fajos de billetes de cien dólares era casi cegador bajo las luces amarillentas que parpadeaban en el techo.
Medio millón de dólares.
Para muchos de los presentes, era el precio de un pecado o el lujo de una vida de excesos.
Para Julián, era el trasplante de riñón de su madre, las medicinas que ya no podía pagar y la posibilidad de que ella no muriera en un colchón húmedo antes de que terminara el mes.
—Mírenlo bien —rugió El Cuervo, señalando con su dedo lleno de anillos de oro la figura delgada del joven—. Este cachorro dice que tiene lo que se necesita para enfrentar a «La Bestia».
La Bestia dio un paso al frente. Era un muro de carne y cicatrices, un hombre que parecía haber sido diseñado solo para destruir.
Sus manos eran del tamaño de la cabeza de Julián, y sus ojos, pequeños y crueles, ya lo daban por muerto.
—¡De rodillas! —ordenó el jefe criminal, disfrutando del momento—. Si vas a morir, al menos hazlo pidiendo perdón por tu estupidez.
Julián obedeció, no por miedo, sino para concentrarse. Mientras sus rodillas tocaban el suelo, cerró los ojos un segundo.
Podía oler el aroma a café y canela que siempre emanaba de la cocina de su madre, incluso ahora que el hambre era su única compañía.
Recordó la voz debilitada de Doña Elena esa misma mañana: «No te preocupes por mí, hijo, Dios proveerá».
Julián sabía que Dios a veces usa las manos de los que no tienen nada para hacer milagros, y él estaba dispuesto a ser ese instrumento.
—¿Por qué lo haces, muchacho? —preguntó El Cuervo, bajando el tono, intrigado por la calma que emanaba de aquel chico que debería estar temblando de terror—. ¿Es por la gloria? ¿Por las mujeres?
Julián levantó la mirada. Sus ojos estaban empañados por las lágrimas, pero su mandíbula estaba rígida como el hierro.
—Si salgo victorioso, mi madre no sufrirá más necesidad —respondió con una voz que no vaciló ni un milímetro.
Un silencio pesado cayó sobre el almacén. Incluso los guardias más curtidos sintieron un escalofrío al escuchar la honestidad brutal en sus palabras.
No había ego en ese joven. No había ambición. Solo un amor tan puro que resultaba aterrador.
El Cuervo soltó una carcajada seca, intentando sacudirse la incomodidad que le provocó esa mirada.
—El amor no detiene los golpes, niño. El amor no te va a salvar cuando La Bestia te rompa las costillas una por una.
Julián no respondió. Se puso de pie lentamente, ignorando el dolor de sus articulaciones y el hambre que le rugía en el estómago.
Se quitó la vieja sudadera, revelando un torso fibroso pero claramente desnutrido.
Comparado con el gigante que tenía enfrente, parecía una rama seca frente a un roble centenario.
—Empecemos —dijo Julián, poniéndose en guardia.
La Bestia soltó un gruñido gutural y comenzó a caminar en círculos, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
El público comenzó a apostar. Gritos de «¡Mátenlo!», «¡No durará ni un minuto!», llenaban el aire viciado.
Julián solo escuchaba el latido de su propio corazón, un tambor constante que le recordaba por qué estaba allí.
El primer golpe fue un aviso. Un jab de izquierda del gigante que Julián apenas logró esquivar, sintiendo el viento del impacto pasar a milímetros de su rostro.
Si ese golpe lo conectaba, la pelea terminaría antes de empezar.
El joven sabía que no podía ganar por fuerza. Tenía que ganar por resistencia, por fe y por la astucia de quien no tiene nada que perder.
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