Te quedaste con la intriga de saber qué ocurrió después de ese último abrazo en el pasillo, y esa misma necesidad de justicia te trajo al lugar indicado para conocer toda la verdad.
Ricardo sentía que el corazón se le salía por la boca. Sus manos, ásperas por cinco años de turnos dobles en la construcción y noches enteras manejando un taxi, temblaban mientras sostenían aquel bulto de tela.
Dentro de esa bolsa no solo había billetes arrugados y ahorros de centavo a centavo; estaba la vida de su madre, Doña Rosa.
—Elena, mi amor, por favor —sollozó Ricardo, buscando los ojos de su esposa—. Aquí están los treinta mil dólares. Es todo lo que tenemos. Todo lo que ahorré desde que nos casamos.
Elena lo miró con una expresión que él, en su desesperación, interpretó como compasión. Ella acarició la mejilla de su esposo con una suavidad ensayada, una caricia que ocultaba una frialdad de hielo.
—Tranquilo, Ricardo —susurró ella, bajando la voz para darle un toque de urgencia—. Entrégame el dinero. Yo me encargo de la administración ahora mismo. Sabes que los médicos no moverán un dedo hasta que vean el depósito completo.
Ricardo asintió frenéticamente. El hospital público no tenía la unidad de cuidados intensivos disponible, y el traslado a la clínica privada había sido su única opción para que Doña Rosa sobreviviera a ese infarto fulminante.
—Vete a verla, Ricardo. Aprovecha estos minutos antes de que la bajen a quirófano —insistió Elena, apretando la bolsa de dinero contra su pecho—. Yo voy a la caja. Desde mañana, tu mamá ya no va a sufrir más. Te lo prometo.
Esas palabras, «ya no va a sufrir más», quedarían grabadas en la mente de Ricardo como un eco maldito. Él le dio un beso rápido en la frente, agradeciéndole al cielo por tener a una mujer tan «fiel» y «solidaria» a su lado.
Mientras Ricardo corría por los pasillos estériles del hospital, con el olor a desinfectante llenándole los pulmones, Elena se quedó de pie en el vestíbulo. No caminó hacia la ventanilla de pagos.
Se giró hacia la puerta de salida. Caminó con paso firme, sin mirar atrás, con una sonrisa que empezó a dibujarse en sus labios pintados de rojo intenso.
Afuera, el sol de la tarde quemaba, pero ella se sentía radiante. No sentía ni un ápice de remordimiento. Para ella, los cinco años de «sacrificio» de Ricardo habían sido una pérdida de tiempo en una vida mediocre que ella ya no estaba dispuesta a compartir.
Se subió a un taxi y dio una dirección que no tenía nada que ver con farmacias o bancos.
—A la zona comercial alta, por favor. A la joyería de la avenida principal —le dijo al conductor mientras abría un poco la bolsa para deleitarse con el olor del dinero en efectivo.
Mientras tanto, en el cuarto piso del hospital, Ricardo sostenía la mano fría de su madre. La anciana apenas podía abrir los ojos, pero sintió la presencia de su hijo.
—Hijo… —susurró Doña Rosa con un hilo de voz. —No hable, mamá. Ya está todo listo. Elena fue a pagar. En unos minutos te llevan a cirugía y todo esto será un mal sueño.
Ricardo le contaba sus planes para cuando ella saliera del hospital. Le decía que la llevaría a conocer el mar, que le compraría esa mecedora que tanto quería. El hombre lloraba de alivio, creyendo que el dinero lo solucionaba todo. No sabía que, a pocos kilómetros de allí, su «compañera de vida» estaba a punto de gastarse el primer fajo de billetes en un capricho ajeno.
Elena llegó a la joyería más exclusiva de la ciudad. Allí la esperaba Julián, un hombre diez años menor que ella, con el cabello perfectamente peinado y una sonrisa de modelo. Al verla llegar, Julián la recibió con un beso apasionado, ignorando las miradas de los empleados.
—¿Lo tienes? —preguntó él con avaricia en los ojos. —Te dije que el tonto de mi esposo haría cualquier cosa por su madre —respondió ella soltando una carcajada—. Hoy es tu día de suerte, mi amor. Elige el reloj que quieras. El más caro.
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