Muchos se quedaron con la duda, pero tú quisiste llegar hasta el fondo de esta historia. Continuemos.
La vida tiene formas extrañas de recordarnos que no todo es lo que parece.
Daniel tenía la frente pegada a la puerta, sintiendo la vibración de cada uno de los tres golpes que acababan de retumbar en el silencio de las tres de la madrugada. Inspiró profundo.
Toda su vida había sido un hombre racional. Ingeniero de profesión, creía en la física, en la lógica, en las explicaciones que se podían comprobar con números y fórmulas. Pero esa noche, parado en la entrada de su casa, con el corazón martillando contra sus costillas, las matemáticas del universo se estaban quebrando pieza por pieza.
Su hermano Óscar había salido a las seis de la tarde con destino a la ciudad de Monterrey, a casi ochocientos kilómetros de distancia. Daniel mismo lo había llevado al aeropuerto, lo había visto cruzar el filtro de seguridad, había recibido su último mensaje cuando el avión despegaba a las nueve.
—Voy a dormir un rato, carnal. Llegando te marco.
Habían pasado apenas seis horas. Los números no cuadraban.
Por eso le costaba tanto trabajo tomar la decisión de abrir la puerta. Y sin embargo, la voz que le había hablado desde el otro lado era inconfundible. Hermana. Sonaba exactamente como la de Óscar. Los mismos tonos, el mismo dejo norteño al pronunciar la palabra «hermano», la misma manera de arrastrar la «s» cuando estaba cansado.
Pero era imposible.
Daniel dio un paso atrás de la puerta, pasándose las manos por la cara. Tenía las palmas sudadas.
Pensó en llamar a su hermano. Marcarle, escuchar su voz desde el hotel al otro lado del país, y entonces la voz de afuera no tendría absolutamente ningún sentido. Pero antes de que pudiera siquiera desbloquear su teléfono, la pantalla se iluminó sola con un destello azulado.
Un mensaje.
De Óscar.
Daniel lo leyó tres veces, porque el corazón se le subió a la garganta y las palabras se desdibujaban tras la nube de lágrimas que le empañaba los ojos.
«No abras la puerta.»
El teléfono le tembló en la mano. Sintió que todo su cuerpo se convertía en hielo.
—¿Óscar? —murmuró con voz ronca, presionando el botón de llamada.
El teléfono marcó dos tonos… y una vibración lejana se escuchó desde el otro lado de la puerta. Un tono de llamada. Un teléfono dando señal.
No. No podía ser.
La voz de afuera habló otra vez, y esta vez no tenía rastro del calor que su hermano le ponía cuando le hablaba. Era la misma voz, pero fría. Fina. Metálica, como si la estuvieran fingiendo con un imán en la garganta.
—Daniel… sé bien que estás ahí adentro.
Dios. Eso no era Óscar.
Algo estaba al otro lado de la puerta, usando la voz de su hermano para sacarlo de su casa.
Daniel retrocedió hasta el pasillo, con la vista fija en la puerta principal como si de un momento a otro fuera a abrirse por sí sola. Pero entonces el teléfono le vibró de nuevo con otra llamada. Contestó sin mirar.
—¿Óscar? —susurró, con la voz rota.
—¿Daniel? Soy yo. ¿Qué pasó? ¿Por qué me marcas a esta hora? —la voz de su hermano sonaba somnolienta, confundida—. Acabo de despertarme, apenas te iba a escribir.
El mundo de Daniel dio una vuelta completa.
—Óscar… hay alguien en mi puerta. —le dijo, apretando el teléfono contra su oreja—. Tiene tu voz.
—¿Qué? Daniel, escúchame, no abras esa puerta. Por nada del mundo abras.
—No te preocupes, no pienso…
Pero no terminó la frase.
Porque desde la oscuridad del otro extremo del pasillo, a sus espaldas, una voz idéntica a la de su hermano susurró con tal cercanía que el vaho le acarició la nuca:
—Daniel… por lo que más quieras… no abras.
Daniel se quedó sin aire.
Tenía el suspiro congelado en la garganta, el teléfono pegado a una oreja y, detrás de él, la sombra de algo que no debería existir, respirando a un metro de distancia.
—¿Daniel? ¿Qué fue eso? ¿Con quién hablas? —tronó la voz de su hermano desde el teléfono.
—No lo sé… —tartamudeó Daniel, sintiendo un hilo de lágrimas rodar por su mejilla—. Óscar, hay otra persona en mi casa. Escuché tu voz detrás de mí.
La línea se quedó en silencio por unos segundos que se estiraron como horas.
Luego, la voz de Óscar, esta vez seria, grave, con un miedo que Daniel jamás había escuchado en toda su vida, dijo:
—Daniel, voy a necesitar que no te muevas. No mires atrás. No respires fuerte. Y sobre todo, no le contestes a nadie más que a mí, ¿me escuchas?
La respiración de Daniel se cortó.
—¿Por qué? ¿Qué está pasando?
—¿Recuerdas cuando éramos niños? ¿Recuerdas la historia que nos contaba mamá… sobre lo que nos pasó antes de nacer?
La sangre de Daniel bajó a sus talones.
Nadie en la vida conocía esa historia. Solo ella. Y ellos dos.
—Óscar… —susurró, con la voz destrozada por el terror.
—Daniel, hay cosas que no te he contado. —su hermano respiró hondo desde el otro lado de la línea—. Cosas que escuché esa noche, cuando tenía catorce años, y que te prometí llevarme a la tumba. Pero es momento de que lo sepas.
Desde atrás, muy cerca de su espalda, la voz fría que usaba los labios de su hermano dijo dulcemente:
—Ya no tienes que contarle nada, hermanito. Yo misma se lo voy a decir.
Daniel apretó los ojos con fuerza.
Y en el espejo del pasillo, reflejada en la oscuridad, vio una figura que no era su hermano, pero que usaba, con un parecido terrorífico, su misma cara.
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