Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber cómo termina. Y créeme, la parte que viene vale mucho la pena.
—¿Ya viste sus caras? —susurró Valeria sin apartar la mirada de los invitados, con una sonrisa que temblaba apenas en las comisuras de sus labios.
El joven a su lado, vestido con un traje que costaba más que todo lo que había ganado en su vida, asintió con la cabeza como un autómata. Se llamaba Mateo, pero en ese momento ni él mismo sabía quién era. Hacía apenas cuarenta minutos estaba parado en una esquina con las manos en los bolsillos, mirando el asfalto como si ahí pudiera encontrar una respuesta a su desesperación. Y entonces ella llegó.
No era la primera vez que Valeria tomaba una decisión impulsiva. Pero esta había sido, sin duda, la más loca de todas.
—¿Prometido? —la voz de su madre atravesó el silencio del salón como un cuchillo—. ¿Prometido de qué? Valeria, tú no tienes pareja. Yo llevo la cuenta de tu vida sentimental desde que naciste.
La mansión olía a rosas frescas y a dinero antiguo. El mismo olor de siempre. El mismo olor que Valeria había aprendido a odiar con el paso de los años, porque en esa casa el amor siempre había sido una moneda de cambio.
—Mamá —dijo Valeria, dando un paso al frente con la elegancia de quien ha sido entrenada para no mostrar miedo jamás—, me diste un ultimátum. Exigiste que me presentara con mi futuro esposo en la cena de esta noche o me desheredarías. Aquí está.
La madre, doña Elena, apretó los labios hasta que se volvieron una línea blanca. Tenía las manos enlazadas sobre el vestido negro de diseñador, como una reina que acaba deenterarse de que alguien ha tocado su corona sin permiso. Los invitados —altos ejecutivos, amigos de la familia, primos lejanos que sonreían con dientes demasiado blancos— comenzaron a murmurar entre ellos.
Mateo sintió que las piernas le fallaban. No era miedo exactamente. Era más bien una mezcla entre incredulidad y el terror de no saber cómo actuar en un lugar así. Él había crecido en un departamento de dos habitaciones donde las paredes se pelaban en invierno y el techo goteaba cuando llovía fuerte. Nunca había visto una lámpara de cristal tan grande. Nunca había tocado una copa de vino que no fuera de vidrio grueso. Nunca había sentido tantas miradas encima.
—¿Cómo te llamas? —preguntó doña Elena, sin molestarse en disimular el desprecio con el que lo examinaba de arriba a abajo.
—Mateo —contestó él, con voz firme a pesar del corazón desbocado—. Mateo Herrera.
—¿Herrera? —la madre arqueó una ceja—. No conozco a ningún Herrera en nuestros círculos sociales.
—Porque no pertenezco a sus círculos, señora. —Mateo no sabía de dónde había sacado esa valentía, pero las palabras salieron solas—. Pero sí conozco a su hija. Y la quiero.
Valeria sintió el impacto de esas palabras golpearle el pecho. Quería reírse, quería llorar, quería abrazarlo. Ese desconocido, ese hombre que había aceptado subir a su auto sin hacer demasiadas preguntas, estaba actuando como un verdadero actor. O quizás no estaba actuando del todo.
—¿La quieres? —repitió doña Elena, con un tono que sugería que el amor era un concepto absurdo—. ¿Y desde cuándo?
—Desde siempre —respondió Mateo, y por primera vez en toda la noche, miró directamente a los ojos de Valeria—. Solo que las casualidades de la vida nos estaban separando. Hasta que ella decidió que ya era hora de que nos encontráramos.
El salón entero quedó en silencio.
Valeria sintió que el aire le faltaba. Ella sabía que este momento era un juego, una farsa cuidadosamente montada para proteger lo que le pertenecía por derecho. Pero cuando Mateo la miraba de esa manera, con esa intensidad que no parecía ensayada, el corazón le decía que tal vez no todo era actuación.
—¿Y qué hace usted para vivir, señor Herrera? —la voz de la madre sonaba como papel rasgado.
—Trabajo. —Mateo se ajustó la corbata con naturalidad—. Trabajo muy duro, señora. Quizás no gano lo que usted gana, pero nunca le ha faltado nada a mi familia.
Doña Elena dio un paso hacia adelante. La distancia entre ellos se redujo a apenas un metro, y parecía que el aire se volvía más denso.
—Valeria —dijo la madre, sin apartar los ojos de Mateo—, ¿es esto una broma? ¿Contrataste a un actor para esto?
—No es un actor, mamá —respondió Valeria con la voz más firme de lo que se sentía por dentro—. Es mi prometido. Y si tienes alguna duda, puedes revisar mis redes sociales. En mi perfil aparece desde esta mañana.
Los invitados comenzaron a sacar sus teléfonos. Los murmullos se convirtieron en exclamaciones ahogadas. En la cuenta de Valeria, efectivamente, había una foto reciente: los dos juntos, abrazados, con una leyenda que decía «El amor que estaba esperando».
El corazón de Mateo dio un vuelco. Él no sabía nada de esa foto. Valeria la había publicado desde la boutique, justo cuando él estaba en el probador. Había improvisado cada paso de este plan con una precisión quirúrgica que lo dejaba sin aliento.
—Esto no es posible —susurró doña Elena, y por primera vez en años, Valeria vio algo parecido al desconcierto en los ojos de su madre—. Esto no estaba en mis cálculos.
—¿Cuáles cálculos? —la pregunta de Valeria salió cargada de una rabia que llevaba años acumulándose—. ¿Los cálculos de cómo deshacerte de mí? ¿De cómo quedarte con la herencia de tu propia hija porque no soportas la idea de que tenga una vida propia?
—Valeria, no hagas esto en público.
—¿En público? —Valeria se rió sin humor—. Tú me humillaste frente a toda la familia cuando me diste el ultimátum. Tú dijiste que ninguna mujer decente podría heredar sin un anillo en el dedo. Tú lo dijiste, mamá. Yo solo estoy siguiendo tus reglas.
El silencio se hizo tan profundo que se podía escuchar el tintineo de las copas en la mesa del fondo. Doña Elena respiró hondo, enderezó la espalda y miró a su hija con una frialdad que cortaba el ambiente.
—Muy bien —dijo al fin, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Si es tu prometido, que así sea. Pero si esta noche no me demuestra que es digno de ti, mañana mismo hablo con mi abogado y reviso los términos del testamento.
Y ahí, en ese instante exacto, Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Porque ella conocía a su madre. Sabía que esa sonrisa no significaba aceptación. Significaba que comenzaba un juego mucho más peligroso.
Mateo sintió la mano de Valeria apretar la suya con fuerza. Y aunque no la conocía de nada, aunque llevaba apenas cuarenta minutos en su vida, entendió perfectamente que a partir de ese momento debía protegerla. Aunque no sabía cómo. Aunque no sabía de qué.
La cena apenas comenzaba, y el verdadero infierno estaba por venir.
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