Viste el inicio y no pudiste quedarte con la duda: hiciste bien en venir por el final porque esto apenas se estaba poniendo intenso.
En el instante en que la onda expansiva sacudió los cimientos del edificio, el Capitán Daniel sintió que el suelo desaparecía bajo sus botas. Todo su cuerpo se tensó como un resorte, mientras el pensamiento más oscuro cruzaba su mente como un relámpago: «Este es el momento en el que uno se da cuenta de que no controla nada.»
Pero no había tiempo para filosofar.
Los débiles golpes que había escuchado segundos antes seguían llegando desde algún punto del tercer piso. No podía determinarse si venían de un departamento o del pasillo central. La estructura entera gemía con un sonido grave y profundo, como un animal herido que se niega a morir.
—¡Señor, señor! ¿Puede oírme? —gritó Daniel, aunque su propia voz le sonó distante, apagada por el rugido del fuego.
Nadie respondió.
El humo era tan denso que su linterna apenas iluminaba unos centímetros frente a él. Comenzó a arrastrarse sobre el piso, donde el aire era ligeramente más respirable. Sus guantes se deslizaban sobre una capa de polvo y escombros que caían constantemente del techo.
—¡Habla conmigo, cualquier cosa! ¡Necesito ubicarte! —volvió a gritar, sintiendo cómo sus pulmones protestaban por cada bocanada de aire caliente que aspiraba.
Entonces lo escuchó: un golpe débil, casi imperceptible. Tres toques seguidos.
Era un código. Alguien estaba con vida y estaba intentando comunicarse.
Daniel se arrastró hacia el sonido, cruzando lo que alguna vez fue el vestíbulo del tercer piso. Los pisos de madera estaban carbonizados y algunos tramos se hundían peligrosamente bajo su peso. Cada movimiento era una apuesta con la muerte.
—¡Voy hacia usted! ¡No se mueva de donde está! —gritó, aunque sabía perfectamente que nadie se movería en esas condiciones.
Los golpes se repitieron, ahora más claros. Provenían de la tercera puerta del pasillo izquierdo.
La puerta estaba parcialmente bloqueada por una viga caída. Daniel empujó con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el calor atravesaba su equipo de protección. En circunstancias normales, habría retrocedido y esperado refuerzos. Pero no había tiempo. El techo podía colapsar en cualquier momento.
—¡Jefe, tenga cuidado! —la voz de su compañero Miguel resonó a través del radio de comunicación—. La estructura está fallando. ¡Vámonos ya!
Daniel se quitó el radio un instante y respondió:
—Hay alguien adentro. No me voy sin esa persona.
—¡No podemos arriesgar más vidas! —insistió Miguel desde el exterior.
—No me importa. Yo no dejé a nadie atrás antes y no voy a empezar ahora.
Logró abrir un espacio suficiente y se deslizó por él, dejando que la viga se estrellara detrás de él con un golpe sordo. Ahora no había vuelta atrás.
El departamento estaba sumergido en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por las llamas que lamían las ventanas. Los muebles estaban volteados, catalogando el caos visual del momento. Daniel avanzó lentamente, usando las paredes como guía, gritando de vez en cuando:
—¡Señor, responda! ¡Bomberos! ¿¡Dónde está!?
Un sonido a su derecha lo detuvo. Entre restos de un ropero y un viejo colchón ardiendo, distinguió una forma humana. Un hombre mayor, tendido en el suelo, con un brazo atrapado bajo una viga pequeña.
—¡Ya lo tengo! —gritó Daniel en dirección al radio.
Se acercó rápido, arrodillándose junto al hombre. Estaba consciente pero debilitado, tosiendo convulsivamente entre el humo.
—¿Señor, puede moverse otros brazos y piernas? —preguntó, mientras inspeccionaba sus heridas.
—Aguanta…… mejor.
La voz era apenas un suspiro.
—Soy el Capitán Daniel. Voy a sacarlo de aquí. Todo va a estar bien, ¿me escucha?
El anciano asintió con esfuerzo.
—Hay alguien más… —dijo, antes de toser violentamente—. En la cocina… debajo del fregadero… otra persona.
Daniel sintió cómo el corazón se le clavaba en el pecho. Nunca había pensado que serían dos. Y la radio confirmaba lo que temía:
—¡Capitán, el techo va a venir abajo! ¡No tenemos más de dos minutos antes del colapso total!
Dos minutos.
Tendría que decidir en qué invertir el tiempo: sacar al anciano o intentar encontrar a la segunda persona. Pero un bombero jamás elige. Un bombero encuentra la manera.
—¡Miguel, necesito que entres! —gritó en el radio—. ¡Trae otra unidad de búsqueda y rescate, rápido!
—¡La entrada está bloqueada por la combustión, jefe! ¡No puedo llegar hasta usted!
—¡Entonces encuentra otra entrada, maldita sea, encuentra otra entrada!
Daniel miró al anciano, luego hacia donde presumiblemente se encontraba la cocina, completamente envuelta en llamas. Los dos minutos empezaban a parecer más bien segundos.
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