Sé que te quedaste con el corazón en un hilo al ver ese desplante en el semáforo y no podías irte sin saber qué pasó cuando ella aceptó el trato. Aquí continúa la historia.
Julián apretó el volante de su deportivo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El rugido del motor parecía un eco de su propia ansiedad. A su lado, en el asiento del copiloto que usualmente ocupaban maletines de cuero italiano o mujeres de la alta sociedad, ahora estaba ella. Elena.
Ella no olía a perfume francés, sino a sol, a asfalto y a ese detergente barato que usaba para ganarse la vida entre los autos que nunca se detenían a mirarla. Sus manos, pequeñas pero curtidas por el trabajo, descansaban sobre sus rodillas, apretando un trapo húmedo que se negaba a soltar. Era su única posesión, su escudo contra un mundo que siempre la había ignorado.
—¿Por qué yo? —preguntó Elena, rompiendo el silencio que se había vuelto asfixiante—. Hay miles de mujeres que darían su vida por sentarse aquí. Mujeres que saben qué cubierto usar y cómo sonreír sin que se note que es mentira. Yo solo sé limpiar vidrios para que no me griten.
Julián no la miró de inmediato. Mantuvo los ojos fijos en la carretera, pero su mandíbula se relajó un poco.
—Precisamente por eso —respondió con una voz que cargaba el peso de una herencia que sentía como una condena—. Mi familia espera una muñeca de porcelana que diga «sí» a todo. Esperan a alguien que puedan controlar. Pero yo necesito una tormenta. Necesito que alguien entre a esa mansión y les demuestre que mi vida no es una transacción bancaria.
Elena soltó una risa amarga, una que nació desde lo más profundo de su estómago vacío.
—Usted quiere usar mi pobreza como un arma —sentenció ella—. Quiere que yo sea el escándalo que lo libere. ¿Se ha detenido a pensar qué pasará conmigo cuando el show termine? Usted volverá a sus millones, pero yo… yo volveré al semáforo, con la diferencia de que ahora sabré a qué sabe la comida que no me puedo pagar.
Julián sintió una punzada de culpa. No era un hombre malvado, solo un hombre desesperado. Miró de reojo a la joven. A pesar del cansancio en sus ojos y la suciedad en su rostro, había una dignidad que no se compraba en ninguna joyería de la Quinta Avenida.
—Si esto sale bien, Elena, nunca más tendrás que dormir con hambre. Te lo juro por lo que más quiero, que ahora mismo es mi libertad. No es solo un pago, es un nuevo comienzo. Un departamento, estudios, lo que tú decidas. Pero necesito que esta noche seas la mujer más segura del mundo.
Elena miró por la ventana los edificios de lujo que comenzaban a desfilar frente a sus ojos. Ella conocía esos edificios desde abajo, desde la acera, pidiendo una moneda. Ahora iba a entrar por la puerta grande.
—Tengo reglas —dijo ella con firmeza—. No me toque si no es necesario para la actuación. No me falte al respeto. Y si alguien de su familia me humilla, no me quedaré callada.
—Eso es exactamente lo que espero —sonrió Julián, por primera vez en meses con una chispa de esperanza real—. Vamos a darles la cena de sus vidas.
El auto se detuvo frente a un edificio de cristales ahumados. No era la mansión de sus padres, sino el penthouse privado de Julián. El primer paso de la transformación estaba a punto de comenzar. Julián bajó del auto y, cumpliendo su palabra de caballero, rodeó el vehículo para abrirle la puerta a Elena.
Los ojos de la joven se abrieron de par en par al ver el lobby de mármol y las luces cálidas que la recibían. Se sentía como una intrusa en un templo. Julián la guio hacia el ascensor, y mientras subían, el silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de complicidad.
Al llegar al piso más alto, Julián llamó a una mujer de mediana edad que lo esperaba en la sala.
—Marta, ella es Elena. Necesito que la ayudes. Tiene dos horas para verse como una reina, pero sin perder esa chispa de fuego que tiene en los ojos. No quiero que parezca una modelo de revista, quiero que parezca la mujer que me robó el corazón en un instante.
Marta, una experta en imagen que le debía varios favores a la familia, asintió con una sonrisa amable. Elena retrocedió un paso, intimidada.
—Tranquila, niña —dijo Marta con voz suave—. He visto a muchas princesas que por dentro están vacías. Tú tienes algo que ellas envidian: verdad. Ven conmigo.
Elena miró a Julián una última vez antes de entrar a la habitación. Él solo asintió. Se quedó solo en la inmensa sala, sirviéndose un trago de whisky que apenas probó. El plan estaba en marcha. En pocas horas, entraría a la cena de compromiso que sus padres habían organizado con Isabella, la hija de un magnate petrolero.
Sus padres creían que Julián aceptaría el matrimonio arreglado para salvar las acciones de la empresa familiar. No contaban con que su hijo preferiría prenderle fuego a todo antes que casarse sin amor. Y el fuego, esta vez, tenía el nombre de una chica que limpiaba cristales.
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